Lluvia

Llueve. Las gotas caen como lágrimas de los ojos de una diosa que perdió, en una batalla final, a su ser amado, y provocan la fantasía de observar a través de un vidrio, a la soledad que, tanto a la diosa como a mí, nos dividen en partes desiguales. El ancho mundo que nos aparta me inhibe de pensar en ti, como si nos separara un abismo intenso, cargado de maldades varias y bienaventuranzas nunca dichas. ¿Dónde está la pluma de aquel ángel, que guardé en mis poemas más sagrados? ¿Cuándo conviví con el maldito duende, que de noche asola mi saturado mundo interior, devorándolo poco a poco?

No es sencillo percibir muchas voces a la vez, expresando, dictando imperativamente, la sabiduría extraña de cosechar razones sin argumento. Veo el musgo que crece cerca de mi atribulado corazón, esparciendo con matices, de puño y letra, la descarga vil de una oración que no llega al oído de la diosa, para que me auxilie.

Guardo los recuerdos de momentos alegres como si fueran secretos, en estantes bien acomodados, libres de polvillo y de telas de araña, para poder revivirlos en cualquier instancia. La vaguedad puede adueñárselos, pero elijo guardarlos para mí, siendo un coleccionista puro y solemne.

Veo caer las gotas en charcos que se forman en la acera, como si fueran pequeños océanos libres del ansia de los peces y animales que conviven en él, lejos de las grandes olas, de los maremotos y huracanes que sí vive mi corazón. El estado puro de mi penumbra enrojecida, marchita, sale a flote en cada día nublado, navegando impunemente sobre los desagües de las casas y vuelan con el viento, como las hojas de los cuadernos que destruyo, por mi autocrítica feroz.

Como el pan que me alimenta, las nubes se concentran en mi estómago, provocando úlceras sangrantes y desvanecimientos varios.

Tiembla mi alma, provocando espasmos que trataré de curar con el agua caliente de un buen baño vigorizante.

¡Qué grato sería poder morir hoy! Y dejaría de lado a los odiosos e insospechados fantasmas del olvido, y a los mínimos recuerdos que en un futuro tendré.

Aún cuando la noche no cae (espero que llegue pronto), es difícil prevenir al atento anochecer que tiene los minutos contados. Los colores de las cosas cambian, solicitan luz para demostrar que allí se encuentran, menos los lugares oscuros que tiene mi inhóspita mente.

Espero que sea tu mano la que lance sobre mí, los inverosímiles hechizos de cristal color sepia, para calmar mis inquietas ansiedades, y que tus ojos embellezcan las alas doradas que poseo, con olas de espuma lila, que devoran los tramos troquelados del destino.

Calma. La luz vuelve a mí como las aves de la primavera. Todo comienza a florecer, dejando un fulgor sedoso y amargo. La insigne amistad de las frases que caen en mi mundano intelecto, no logran en ocasiones congeniar con la blanca hoja que intenta plasmar un sentimiento. El mero error de intentar corregir el destino de mis palabras me lleva, inexorablemente, por el camino de la omnipotencia.

Soy un pájaro de cuero envuelto en piel de latón, que no vuela lejos del nido, pero cuando lo intenta, cae, y tu indisoluble sonrisa parece un espejismo indigno de ser vista, dejando una senda intransitable de astros incandescentes.

Y yo... todo un enérgico caudal de tribulaciones, en una espera dulce, que desespera por no poder secar sus lágrimas, que pertenecen a la lluvia.

"Marlon..."